LAS PALABRAS Y LA ESTÉTICA

Ponencia de LOS JUEVES CULTURALES

31 de marzo de 2016

 

Voy a decir una cosa sobre las palabras y la estética, sobre la literatura y el arte. Y no lo voy a decir para convencer, sino por la necesidad de transmitir ideas sencillas sobre un asunto confuso.

En ningún caso superarán mis palabras, para no ser pesado, los quince minutos protocolarios.

Las palabras son el alma de la humanidad, y también su misil más mordaz. De su uso depende el hilo del pensamiento, la persuasión y el insulto, el agrado y el tormento, el talento y la estupidez, la comprensión y la discrepancia y todo lo que de noble e innoble domina al hombre. Y tienen un poder tan grande que si la frente, los ojos o el rostro, que son tan transparentes, engañan muchas veces, con las palabras mentimos más.

Las palabras, casquivanas y escurridizas, nos traicionan. No tenemos poder sobre ellas. Una vez pronunciadas, no admiten borrado. Pensamos después, y nos arrepentimos, de lo que hubiéramos querido decir y no dijimos, de cómo hubiéramos querido expresarlo y no expresamos.

La mayor parte de las desavenencias y antagonismos, y también de acercamientos y solidaridades, se originan en la interpretación de las palabras, que son tan parte de nosotros mismos como la elegancia, los gestos, los modos, la habilidad social y la personalidad.

El ocio de la gente reposa en el uso altruista de la palabra, en la capacidad de charlar, de comunicarse, de oír, de contar historias, de escuchar historias o de leer historias, es decir, en el arte, en la estética de las palabras.

No se concibe acto festivo o de ocio en ausencia de la conversación, de la charla. Y cada vez que experimentamos un placer sin palabras, sentimos el deseo de contarlo para darle vida. Y al hacerlo modificamos algún asuntillo complejo, saltamos otros más o menos abruptos, y nos recreamos en los placenteros. Es lo que se llama en literatura el estilo, la técnica de un novelista o la estética de una poeta.  Eso es lo que hace también el escritor, seleccionar, elegir, incitar, silenciar, enfatizar, modular, destacar…

En lo que no solemos pensar, al hablar de literatura, es en cómo cuenta las historias la tía Antonia o el tío Isidoro, apenas conectados con círculos intelectuales y vecinos de Villanueva del Condado, y que tienen, cada uno por su cuenta, una gracia, una disposición y habilidad para la selección, énfasis, tono y difusión de emociones capaces de fascinar. Pero sus historias no alcanzan popularidad porque poca gente descubre en ella y en él la gracia y el estilo, la naturalidad y buen decir.  Cervantes aconseja que se cuenten las cosas con naturalidad: Llaneza, muchacho, no te encumbres, que toda afectación es mala.

Sabemos que hay gente que se sirve de la palabra para decir a los demás lo contentos que están de haberse conocido, lo  bien que hacen las cosas y cuántos bienes y complacencias acumulan. Ni la tía Antonia existe, ni el tío Isidoro, los he inventado, pero sí existe mucha gente con encanto para hablar,  seductora, y no necesariamente educada en bibliotecas. Esa gente es capaz de deleitarnos regularmente con sus charlas, con su estilo, con su buen gusto para la ambientación de sus historias.

Todos somos, con mayor o menor habilidad, artistas de la palabra, y pintamos cuadros mediocres o bellísimos según los momentos. Y unos, como suele suceder en la vida, obtienen mejores cotizaciones que otros.

El arte de hablar con gracia, de contar las cosas con encanto, lo domina mucha gente. Y no podíamos describir con precisión por qué nos entusiasma, cómo lo hacen unos y lo pesados que son otros. No hay más regla que la que cada cual se impone. Y ese es el primer canon de la literatura, el arte de la individualidad, el de la subjetividad, de lo propio.

Cada cual interpreta la estética a su gusto, aprecia su mundo, goza de la observación de un cuadro como de la contemplación de un atardecer, de la conversación con un amigo, de la visita a un estadio de fútbol o de un paseo por una calle de un pueblo perdido.

Tampoco importa que nos entusiasme la letra de una canción y nos abrume leer el Quijote, porque nadie tiene derecho a decirnos de qué manera se goza la vida o se aprecia la literatura.

Me voy a permitir enumerar los cuatro principios que considero esenciales en el arte de usar la palabra. Pero diré antes que el único consejo que una persona puede darle a otra sobre el placer estético de la literatura es que no acepte consejos porque todos llevamos dentro un demonio que nos dice: amo esto y odio aquello, y no hay quien le tape la boca a ese duende intruso.

El primero es que me interese. Nos gusta oír o leer para pasar el rato. Las historias, las lecturas, fortalecen la personalidad, ayudan a descubrir cuáles son nuestras inclinaciones. Este proceso de maduración y aprendizaje nos complace.  Es el placer de pensar, de recrearse en una idea bella, en momentos de emoción. Por eso es tan difícil enseñar a apreciar la lectura en los centros de enseñanza porque allí apenas  se enseña como placentera en ninguno de los sentidos profundos de la estética del placer. Leemos historias porque lo que nos cuentan es, por sorpresa para nuestra limitada visión del mundo, de tamaño mayor que el natural. Leemos porque sentimos la necesidad de conocer cómo somos mirándonos en el espejo de los otros, porque el mundo y las cosas se desvelan ante nuestros ojos. Hay una versión de lo sublime para cada lector, lo cual es, en mi opinión, la única transcendencia que es posible alcanzar.

En segundo lugar una novela o una poesía o un ensayo que se precie, cualquier texto literario o poesía tiene que despertar emociones. No es que exija un argumento complejo o voces misteriosas, sino que desate un sentimiento profundo, casi placenteramente hiriente ante lo que pasa por el entendimiento o la imaginación.

En tercer lugar quiero referirme a la genialidad. Yo valoro una novela, o un libro o una poesía por sus efectos. Escritores que tienen una amplia obra pueden ser geniales solo en una de ellas. Creo que el genio pertenece a un instante y a una conjunción de circunstancias favorables. Hay gente grande que se muestra capaz de contar grandezas y miserias a la vez para hacer de ellas principios universales graciosamente satisfactorios.

El cuarto principio, y el que recoge a todos los demás, es la posesión de un universo envolvente. De alguna manera tenemos que ser privilegiados conocedores de los hechos, de personajes, me refiero a los de las novelas, o de ideas en la poesía o en el teatro que se transforman en nuestras, que nos las apropiamos. Y nos congratula saber que hay modos que me atraen y me gustaría imitar, y otros comportamientos que detesto.

Ese universo narrativo que proporciona la novela no se vive con la misma experiencia que el real, pero se instala en nuestro entendimiento como si lo hubiéramos vivido, se emplaza como queda situada la experiencia real, y nos consideramos poseedores de aquella experiencia como si hubiéramos pasado por ella. Difícilmente cualquier otra práctica artística tiene el mismo poder o goza del semejante privilegio.

Cuando escribí la Enciclopedia de la novela española tuve que leer un montón de novelas. Más de mil.  Y me tragué cada pestiño, cada ladrillo, cada sandez, que dejaron de interesarme los argumentos y preferí la seducción. Llegué a desear que desde las primeras líneas el escritor me cautivara, me  despertara, me emocionara, me sorprendiera, me sumergiera en su pensamiento.  Necesito ser  embaucado, y si en las primeras páginas el autor no me hechiza, abandono el libro.

Decía el recientemente fallecido Humberto Eco, tan influyente,  que en todo libro hay algo de interés. Creo, sin embargo, que ahora se publican libros sin ningún interés, y que ese caos exige prudencia. Comparto mucho más la opinión de quienes piensan que es mejor no leer a malos escritores ni para criticarlos porque siempre hay un grumo de tontería que se queda pegado. Prefiero lo que decía el filósofo Jaime Balmes, que se ha de leer mucho, sí, pero no muchos libros. Esta es una regla excelente porque “La lectura es como el alimento: el provecho no está en proporción de lo que se come, sino de lo que se digiere.” Si no me causa placer leer un libro una y otra vez, es que no merece la pena. Esa es la gran característica de la poesía, leer y releer el mismo poema muchas veces.

La literatura nos cautiva como el amor o la amistad. Disipa el pensamiento, anula ideas confusas, protege de ataques. Con la literatura  ocupamos la mente con las ideas de los autores. Un buen libro, nos da acceso a un mundo mágico con un medio fácil y económico.  Cuando leemos por primera vez una obra literaria y pasamos las primeras páginas se empieza a llenar nuestro entendimiento, esponja ávida de ideas. Se reducen las ansias, nos dejarnos balancear sin esfuerzo, nos sumergirnos en las líneas y le concedemos a quien las tiñe todos los medios para que se apodere de nuestra curiosidad. Los escritores no son lo que escriben, sino lo que sentimos al leerlos.

La literatura clásica siempre es nueva. Decía Descartes que la lectura es una conversación con los hombres más ilustres de los siglos pasados. A todos nos agrada hablar con amigos interesantes cuando son realmente interesantes.  Amar la lectura es trocar horas de hastío por horas deliciosas, decía  Montesquieu, y añadió: “El estudio siempre ha sido para mí el soberano remedio contra los disgustos de la vida. Nunca he tenido ni un momento de pesar que una hora de lectura no me haya disipado.”

Es más dulce leer, oír historias narradas con arte, que muchos otros aparentes placeres… Así, individualmente, como entendemos el amor o la amistad defendemos nuestro mundo, el mundo de la literatura, el mágico mundo de literatura y el arte.

Muchas gracias

 

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