El Déficit de los Estados

9 de febrero de 2017

Queridos vecinos, queridos amigos, buenas tardes y bienvenidos a la decimosexta tertulia de los Jueves Culturales.

Contamos hoy con la presencia del economista Javier Wrana, Profesor de la Universidad Rey Juan Carlos y autor de numerosos artículos imprescindibles en la moderna economía como Superpotencias y países emergentes y El futuro del dólar, que dan muestra de sus amplios y profundos conocimientos. Con frecuencia Javier Wrana es invitado como consejero económico en los países del este de Europa y los Hispanoamericanos, entre ellos Bulgaria, donde participó como consejero en la Pre-Adhesión a la Unión Europea. Javier Wrana pasa más tiempo fuera de España que en su domicilio madrileño. Es un viajero incansable que conoce con datos muy precisos todos los rincones del mundo y sus variadas economías.

Y no contamos con la presencia de Eduardo Durán, Director y administrador de Empresas y especialista en Ciencias Actuariales y Financieras. Y como director de márquetin y finanzas es, como muchos de ustedes sabe, responsable del funcionamiento de la Caixa de Velilla de San Antonio. Reclamado por su trabajo ha tenido que ausentarse, en una improvisada actividad impuesta por su empresa. Ha mandado sin embargo su ponencia y la va a desarrollar, en su nombre, el secretario general de los Jueves Culturales, Rafael del Moral.

Parece como si los gobiernos no tuvieran más procedimiento para engrandecer su acción que endeudarse, y, para reducir el déficit, subir impuestos. Y no les importa instalarse el mayor cinismo para decir que no, que no los suben.

Los impuestos directos e indirectos en España a cargo de la administración central, la autonómica, la provincial y la municipal son, lo diré sin tapujos, un atraco permanente, sea quien sea el dueño del cortijo, es decir, el partido en el poder. Hacienda no somos todos, se sabe, pero ningún partido lo dice porque prefieren chapotear en el despilfarro.

Todo buen administrador es consciente de que la reducción del déficit exige gastar menos. No se puede derrochar indefinidamente por encima de lo que se ingresa. Ahí está la vida sin escrúpulos de los gobiernos griegos que no les ha importado taparse los ojos para endeudarse sin límites. Antes del euro se solucionaba con la devaluación de la moneda, ahora nos toca pagar los desmanes entre todos.

Considerarán ustedes, tal vez, que soy un poco exagerado, pero es más o menos así: si hay que derrochar, se derrocha, si hay que colocar a alguien, se le da un carguillo, si un compañero de partido se queda en el paro, se le busca un puesto, si hay que darle más, ahí están las 17 autonomías, y si hay que inventarse burocracias y reuniones para viajar y para nuevos salarios, se engalanan palacios suntuosos, edificios innecesarios, desenfreno en automóviles, y viajes de lujo para lo que se podría solucionar con una reunión vía Skype. Se le añade a todo eso prebendas para distanciarse del resto de los mortales y beneficios únicos en la jubilación.

Y eso por no recordar a gobiernos inconscientes que acabaron achicharrando a la economía con atroces corralitos.

En España aún no hemos llegado, pero podríamos hacerlo si no ponemos límite a situaciones como las de los trabajadores del Tribunal de Cuentas en una información del diario EL PAÍS.

El Tribunal de Cuentas, que nos fiscaliza a todos, podría funcionar, según los expertos, con 260 empleados. Sin embargo, su plantilla es de 700, todos titulares. Más de un centenar, según el rotativo, son parientes entre sí.

El parentesco lo inicia un sindicalista de UGT llamado Julio Ronda, que fue mucho tiempo presidente del Comité de Empresa del Tribunal de Cuentas, y que participó en la elaboración de los convenios colectivos, y los ha dotado de una retahíla de categorías escalonadas a las que han accedido, tras superar una oposición, buena parte de sus parientes.

Veamos la interesante trayectoria del sindicalista convertido en agencia de colocación improvisada. Dejó sus estudios tras obtener el título de graduado escolar y, ascenso tras ascenso, ahora es jefe de equipo, con un sueldo, excluidas las pagas de productividad, de en torno a 2.800 euros. En el tribunal trabajan su exesposa (María Isabel Fernández Pérez), su actual pareja (Pilar Ramírez Villar), su nuera (Yolanda de la Torre Pérez), su cuñada (Consuelo Dávila Anillo), su sobrino (Manuel Ramírez Herans), su otro sobrino (Jesús Sanz Hernández) y su amigo de la infancia Félix Real Perea. También un hijo de su primera esposa, Alejandro Ronda Fernández. Éste y el anterior son jefes de equipo. La segunda esposa de Julio Ronda, su pareja actual, que empezó como limpiadora en el Ministerio de Defensa, es ahora jefa de equipo, y su sueldo supera los 3.000 euros al mes.

Julio Ronda tiene la mejor marca, pero otro ugetista, Alberto Otero, fue, en información del mismo periódico, más comedido y solo colocó a su hijo, a su hermana, a su hermano, a dos cuñados y a un primo.

Y para no alargarnos citemos el último ejemplo, el de la televisión valenciana, un modesto canal de provincias que llegó a tener en nómina 1800 empleados. Superó a la suma de los asalariados de Antena 3, Telecinco, la Cuatro y la Sexta. Desapareció, como cabía esperar, pero supongo que los 1800 empleados recibieron su despido y sus dos años de desempleo. La TV-3 de Cataluña, decía el otro día la prensa y espero haber leído bien, ya tiene más empleados que la suma de La Cuatro, la Cinco y la Sexta…

Las empresas privadas, exigentes, las públicas, que pagamos todos, derrochadoras.

Recogeré otro dato evocador. En 1977 nuestros antepasados pagaban en España, también con sus impuestos, a 700.000 funcionarios y empleados públicos. El año pasado, 2016, a más de 3.000.000.

El ministro Montoro hace sus cuentas y, con el mayor simplismo, soluciona las exigencias de la Europa Unida con subidas de impuestos, en lugar de reducción de gastos. Habría que empezar por los partidos políticos y las centrales sindicales. Cada vez se hace más necesaria una ley que diga: “Ningún partido político, ninguna central sindical podrá gastar un euro más de lo que ingrese a través de las cuotas de los afiliados”. Pero no la harán porque nadie tira piedras contra su propio tejado.

Y no olvidemos el renglón de las empresas públicas que, entre las cuatro administraciones, se mueven en el entorno de 4.000, la inmensa mayoría deficitarias e innecesarias. Bueno, innecesarias, no. Necesarias para colocar en ellas a parientes, amiguetes y compañeros de partido, otro escándalo superlativo instrumentado por los propios políticos en un alarde de cinismo que, evidentemente, ningún partido, desde lo más profundo de la derecha hasta la izquierda radical, critica.

Reducción del gasto, en fin, eso es lo que exige la salud económica de España y, sobre todo, la decencia de una clase política zarandeada hoy hasta la náusea por la incontenible corrupción.

España tiene un déficit importante, pero no somos una excepción porque solo tres países de entre los veintiocho registraron superávit: el minúsculo Luxemburgo (con un 1,2%), la potente Alemania (con un 0,7%) y un estado nórdico y emergente: Estonia (con un 0,4%).

¿Qué nos ha pasado? Pues digámoslo con claridad: la deuda pública supera el billón de euros (un 99,2% del PIB). Y lo diremos con transparencia: estos indicadores, que sirven para valorar el futuro de un país, sitúan a España entre los estados con más desequilibrios presupuestarios de la Unión Europea.

Solo Grecia, que aún está digiriendo el tercer rescate, presenta peores registros que España. El país heleno acumula una deuda equivalente al 176,9% de la riqueza que genera. El año pasado cerró con unos números rojos del 7,2%. Es de lejos, el país con más dificultades presupuestarias del conjunto de la Unión.

Entre los países con problemas también figura Portugal, cuya deuda se eleva hasta el 129% del PIB. Y Francia, uno de los colosos europeos, tampoco figura entre los alumnos aventajados. El año pasado registró un déficit del 3,5% y su deuda representa ya el 95,8% de su riqueza anual. Italia ha conseguido reducir el déficit al 2,6% pero su deuda sigue al alza y representa ya el 132,7% del PIB.

Todos estos países están lejos de las cifras presupuestarias de la media de la Unión, que el año pasado fue del 2,4%, seis décimas menos que el anterior. En los países de la moneda común la diferencia entre gastos e ingresos públicos fue del 2,1% y la deuda representa el 90,7% del PIB.

Sirvan estos primeros datos para situarnos en las comunicaciones de nuestros ponentes.

EL DÉFICIT PÚBLICO: ¿DÓNDE ESTÁ EL EQUILIBRIO?

HAYEK O KEYNES

Eduardo Durán

Una fórmula sencilla que evalúa la buena o mala salud financiera de una economía doméstica, empresarial o de un Estado es la siguiente: El Superávit o el déficit es igual a la diferencia entre los ingresos y los gastos.

No se debería gastar más de lo que se ingresa. Se puede aceptar el endeudamiento como palanca para obtener más ingresos y rentabilizar ese déficit temporal. Y evaluar, evidentemente, la capacidad como gestor personal, empresarial o público para la devolución o no de la deuda generada.

La Unión Europea estableció unos criterios, pero la crisis financiera iniciada en 2008 tuvo que alejarse de aquellos criterios de convergencia de Maastrich entre otros, y sobre todo el déficit presupuestario no superior al 3% Producto Interior Bruto, conocido como PIB, y una deuda pública no superior al 60% del PIB.

Sin embargo, la situación era en 2015 la siguiente:

Para España: 5,1% de déficit y 99,2% de deuda

Para Reino Unido 4,4% de déficit y 89,2% de deuda

Para Francia: 3,5% de déficit y 95,8% de deuda

Para Italia: 2,6% de déficit y 132% de deuda

Tenemos una complicada situación presupuestaria en nuestro país por las razones siguientes:

  1. Porque tenemos una soberanía limitada y por tanto un margen de maniobra acotado por nuestra pertenencia a la Unión Europea y a la economía global.
  2. Porque tenemos el mayor déficit de la Eurozona solo por detrás de Grecia, con una caída hasta en un 20% de los ingresos públicos por la crisis económica.
  3. Porque tenemos un ineficiente gasto público (excesivo número de funcionarios, duplicidades…)
  4. Porque tenemos una disfuncionalidad de los ingresos debido al elevado fraude fiscal y a las deducciones y bonificaciones fiscales.

 

Si no hay crecimiento económico, disminuyen los ingresos, aumentan los gastos, y la economía se complica porque se acumulan déficits año a año. Entonces se acude a la emisión de deuda para financiar esos déficits acumulados…

¿Habría que aconsejar la austeridad o el aumento del gasto y por tanto la deuda? Pues he aquí la opinión de dos famosos economistas:

El famoso y respetado economista austríaco Friedrich August von Hayek (1899-1992) defiende el liberalismo y critica a la economía planificada y al socialismo. En su libro Camino de servidumbre considera al socialismo un peligro para la libertad individual que conduce al totalitarismo. Fue Premio Nobel de Economía en 1974.

El británico John Maynard Keynes (1883 – 1946), considerado como uno de los más influyentes economistas del siglo XX, consideraba que el sistema capitalista no tiende al pleno empleo, ni al equilibrio de los factores productivos, sino hacia un equilibrio que solo de forma accidental coincidirá con el pleno empleo. Keynes y sus seguidores apostaron por la intervención pública directa en materia de gasto público. Para muchos es el fundador de la macroeconomía moderna.

Pero volvamos a España. Resulta difícil saber lo que va a ocurrir, pero nos hacemos dos preguntas que podrían destruir nuestro sistema, y por tanto el bienestar: ¿No se habrá generado otra vez otra burbuja, esta vez de deuda? ¿Qué pasará cuando se empiecen la retirar las medidas de estímulo económico?

Javier Wrana

Cuando la diferencia entre lo que un estado ingresa y lo que gasta (resultado de las cuentas públicas, R = I – G) es negativo, decimos que dicho estado incurre en un déficit.

La idea que se pretende transmitir en esta presentación es que es esencial para un estado que sus cuentas públicas estén saneadas, y que, aunque esta circunstancia no se altera porque se dé un déficit puntual en un momento dado, los problemas y la incertidumbre que puede provocar la persistencia de déficits a lo largo del tiempo los convierten en incómodos compañeros de viaje para una Sociedad.

No olvidemos que, con todo lo justificados que socialmente puedan considerarse determinados gastos, es la misma Sociedad, como conjunto, la que ha de hacer frente a ellos con la riqueza que es capaz de generar… y la persistencia de déficits no hace sino trasladar a generaciones futuras la parte del gasto de hoy que no podemos hacer frente con la riqueza que somos capaces de generar hoy.

 

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