Corría el año 67 del siglo XX. Se celebraba la maratón de Boston. Como no existía normativa que lo prohibiera, una mujer, Kathrine Virginia Switzas, se infiltró entre los atletas. Para evitar suspicacias se había inscrito, como otros hacían, con sus iniciales K. V. y su apellido, Switzas. Un hombre de espíritu machista intentó sacarla de la carrera. Al año siguiente se prohibió expresamente la presencia de mujeres en la maratón de Boston, pero nadie pudo apagar la llama.

Diez años más tarde, en el equipo de baloncesto de la Universidad complutense en el que yo participaba, también se infiltró una chica, Patricia. Disimulaba tanto su condición de mujer que apenas se advertía. Quienes lo sabíamos, protegíamos cómplices su identidad porque se había ganado el afecto, porque tenía un carácter delicado y porque jugaba tan bien o incluso mejor que nosotros. Pocos años después surgieron los primeros equipos femeninos.

Desde entonces resulta asombroso que se hayan introducido tantos cambios en tan poco tiempo.

Gracias a la influencia del movimiento feminista en muchas sociedades las mujeres han logrado el acceso a la educación, el ejercicio del derecho al sufragio, la protección de sus derechos sexuales y reproductivos, y han desarrollado multitud de nuevos conceptos y áreas de estudio que, de no ser por la vitalidad del movimiento feminista, no se habrían desarrollado.

Citaremos la importante repercusión en las legislaciones de gran parte de países con leyes contra la violencia de género, o con leyes de paridad electoral como Colombia, que impone una cuota mínima del 30 % de mujeres; Costa Rica el 40 %; México limita al 70 % la presencia de cualquiera de los sexos; y en Venezuela y en España la ley obliga a la paridad.

No se ha logrado, sin embargo, igual salario por igual trabajo, y recordemos que el aborto sigue siendo materia de discusión además de la tercera causa de mortalidad materna en el mundo.

Queda mucho, sí, pero el tramo que falta en los países más liberales es tan difícil de recorrer que quizá resulte imposible. El hombre sigue teniendo una preponderancia en el poder social, económico y político, aunque la mujer ha conquistado posiciones de igualdad en profesiones como la medicina, el derecho o la enseñanza.

Si observamos, por otra parte, el poder femenino con una mirada intuitiva, que no estadística, parecería que en las familias manda el hombre, es verdad, pero lo hace regularmente con permiso del ama de casa, aunque también sea trabajadora por cuenta ajena. Ellas, y no ellos, siguen siendo quienes mandan. Muchos padres preferirían ocuparse de sus hijos, pero mientras son pequeños están con la madre, y si no pueden estar con ella, se los confían a cuidadoras que no transmiten los principios familiares, sino los propios, pero por decisión de la madre. Y cuando el padre puede empezar a intervenir, entre los siete y los doce o trece, resulta que ya han aprendido tanto de la madre que lo que queda no es mucho.

En busca de una igualdad difícil, pues la naturaleza establece tantas diferencias entre hombres y mujeres como entre individuos en general, se dictan normativas a veces contrarias al desarrollo natural de la convivencia.

Veamos algunas.

Primero. Los cupos de responsabilidad. Ya no se trata tanto de exigir para las mujeres iguales derechos que para los varones, sino de localizar los derechos que aún no ha conseguido. Las empresas públicas eligen por igual a unos y otros, pues los fondos públicos parecen no tener dueño, salvo cuando algún político se adueña de ellos. Las privadas, sin embargo, prefieren a quien mejor contribuye al desarrollo de la empresa, sea hombre o mujer, en busca de los mejores resultados. ¿Es responsable hacer responsable a una mujer solo por cubrir las exigencias de cupo? ¿Habría que establecer la misma paridad para todo tipo de trabajadores?

Segundo. El desequilibrio legislativo. La legislación que busca la igualdad se redactó, por iniciativa del partido socialista, favorable a la mujer con el fin de alcanzar la igualdad tirando con fuerza de un lado, y relegando los derechos de los hombres. Un partido político incluyó la reforma en su programa electoral para proteger al hombre, pues si el machismo es la actitud de prepotencia de los varones respecto a las mujeres, el hembrismo define la actitud prepotente de las mujeres con respecto a los varones. Marta Rivera de la Cruz, número 3 de la lista de Ciudadanos por Madrid, dijo en un debate: “es tan grave que un hijo vea cómo su padre mata a su madre que el que vea cómo su madre mata a su padre.” Pues bien. Se generalizó la idea de que había sido un “gazapo” de la candidata. ¿Tendríamos que ser partidarios de la igualdad de géneros o cargamos la balanza a un lado?

Tercero. Violencia de género. Especial interés toman los gobiernos con la violencia de género. La repercusión ocupa las primeras páginas, se repite, se insiste. Y no nos falta razón. Es algo necesario. Unas cincuenta mujeres mueren al año en España por violencia de género. Unas mil en accidentes de tráfico, y unas dos mil se suicidan. ¿Las otras tres mil muertes ya las damos por normales? También quedan relegadas otras muertes violentas en desequilibrio de poder como el maltrato a los niños, a los ancianos, a los más necesitados y en general a los indefensos. ¿Merecerían estos actos violentos del fuerte contra el débil la misma consideración?

Cuarto. La humillación sexista. Humillar a una mujer, afortunadamente, es sancionado por cualquier grupo social. Sería necesario que humillar, sea quien sea la víctima, quedara también sancionado. Un antiguo jugador de fútbol, Lobo Carrasco, ahora comentarista deportivo, ha dicho a propósito de la reciente ganadora del Roland Garros, Garbiñe Muguruza, que tiene unas piernas maravillosas. Las redes sociales ardían en comentarios, pues deja entender que son maravillosas para quien las contempla, aunque también para correr. ¿Degrada el comentario? Al día siguiente Garbiñe se presentaba ante la prensa con unas faldas de desigual caída que mostraban intencionadamente uno más de sus grandes atributos, el citado por Carrasco. ¿Degrada realmente la opinión de Carrasco a la campeona?

Pondré otro ejemplo. El escritor y académico Félix de Azúa aseguró en una entrevista que la alcaldesa de Barcelona “debería estar vendiendo pescado”. Y también recibió la carga del feminismo. ¿Habría existido el mismo reproche de haber sido hombre el receptor del tan noble oficio de vender pescado?

Quinto. El trabajo externo. Si el papel de la mujer quedaba tradicionalmente relegado a las tareas domésticas, y en la belleza para sus relaciones sociales, ninguno de los dos roles ha desaparecido. Se añaden a ellos la actividad laboral al mismo nivel que el hombre, así como otras responsabilidades que antes quedaban reservadas al cabeza de familia. Para algunas mujeres ha sido un verdadero retroceso al cargar con una responsabilidad mayor, pues solo con dificultad se inmiscuye el hombre en las tareas domésticas. ¿Qué habría que hacer para una repartición equitativa?

Observemos con más intensidad. Poca gente tiene suficiente tiempo para educar a sus hijos. Tanto padres como madres necesitan importantes ingresos para pagar a quienes los cuidan. ¿No resulta un tanto incoherente? Los niños del pasan el día con una persona que no les transmite los valores de los padres, sino los propios. ¿Es mejor para el niño recibir esos valores y no los de los progenitores?

Sexto. Modificaciones lingüísticas. Viene siendo costumbre forzar el uso de la lengua para recordar al género femenino. Los movimientos igualitarios comunistas evitaron los tratamientos de cortesía a favor de un uso común para los de arriba y los de abajo: citoyen en la Revolución francesa, tovarich en la rusa, compañero en la cubana, camarada en la española…  Añadimos ahora referencias a favor de la igualdad que se introducen en una nueva morfosintaxis: queridos, queridas, todos y todas, ellos y ellas… ¿Es eso lo que debemos hacer para dotar a la mujer de igualdad?

Séptimo. El aborto. Todos los partidos, incluidos los de derechas, como hemos visto recientemente, se muestran, aunque no lo piensen, a favor del aborto o interrupción voluntaria del embarazo, que es lo mismo que mostrarse en todo momento a favor de la mujer. Para algunas mujeres el aborto forma parte de sus derechos sobre su propio cuerpo, y para otras supone un asesinato. La mujer, y nadie más, debe decidir sobre sí misma, es verdad. Un político de derechas, interesado en apoyar a los defensores de la vida, dijo que las generaciones futuras serán antiabortistas de la misma manera que las actuales son antiesclavistas. ¿Tiene razón en la manera de abordar el aborto o se está equivocando?

Son siete situaciones controvertidas, siete estados de irregularidad nacidos en movimientos feministas.

El feminismo es, ciertamente, un movimiento reivindicativo a favor de la igualdad, como el sindicalismo, y como otros movimientos políticos que reclaman un modelo social. El más beligerante, el más enconado, tal vez, el comunismo, que de momento parece haber cosechado tantos fracasos como intentos, pero nada indica que no pudiera triunfar algún día.

Mientras llega ese momento, no hay sistema capaz de abolir las desigualdades. Todo hombre, de manera natural, tiende a considerarse superior al vecino y eso no hay manera de evitarlo. Probablemente la reivindicación más opuesta al reconocimiento de las igualdades sea el nacionalismo, y en general el separatismo, o esa voluntad de alejarse de todo aquello que puede perjudicar sus intereses en vez de respetar los intereses de unos sin despreciar ni menospreciar los de los otros.

Dos tipos de gente son amigo Sancho, decía don Quijote, los que tienen y los que no.

Hace tiempo que buscamos atenuar las diferencias y, sin darnos cuenta, se acentúan. Si quisiéramos igualar ahora a los siete mil quinientos millones de individuos del planeta con los más ricos, digamos los estadounidenses, necesitaríamos tres planetas más para buscar los recursos… Otra solución sería igualar a la baja a los ricos, y al alza a los de abajo, pero a ver quién se atreve ni siquiera a proponerlo.

Mientras tanto, y durante muchos años más, estamos abocados a convivir con las desigualdades, y probablemente, y a pesar del feminismo, con desigualdades. Ojalá las generaciones futuras sean más conscientes que la nuestra de la necesidad de establecer criterios que respeten los derechos de unos sin menospreciar o despreciar los de los otros.

 

 

 

Concepto

Queridos vecinos, queridos amigos:

Entiendo que el feminismo es el conjunto heterogéneo de movimientos políticos, culturales, económicos y sociales que tienen como objetivo la reivindicación de los derechos de la mujer, así como cuestionar la dominación y la violencia de los hombres sobres las mujeres y la asignación de roles sociales según el género.

 

El feminismo defiende y lucha por la igualdad hombre-mujer. Sus militantes son tanto hombres como mujeres, al igual que sus detractores. Cada vez, según parece, hay más mujeres y hombres feministas, y las actitudes machistas empiezan a perder espacios en nuestra sociedad.

No obstante, en las relaciones de pareja, se encuentra difícilmente un equilibrio de poder, pues tradicionalmente era el hombre quien llevaba las riendas, pero han surgido parejas en las que las lleva la mujer, y con mucha más dificultad se encuentran situaciones donde se dé un equilibrio más o menos consensuado.

Esa posición de superioridad de la mujer, defendida por un movimiento beligerante busca la superioridad frente el hombre la llamamos hembrismo. Pretende buscar el equilibrio por contraposición a la superioridad del hombre sobre la mujer también llamada machismo.

Ambos términos, machismo y hembrismo, suponen la superioridad del uno sobre el otro. Mientras el machismo es una palabra antigua anclada en la superioridad tradicional del hombre sobre la mujer, el hembrismo, término tan feo como descriptivo no recogido en el Diccionario de La Lengua Española, describe la superioridad de la mujer sobre el hombre, pues todo el mundo sabe que esa situación se produce en muchas parejas. Grupos feministas exaltados defienden su inclusión en el diccionario oficial de los hispanohablantes.

Hay gente que piensa que el hembrismo y el feminismo son palabras sinónimas, pero, tachar de hembrista al movimiento feminista es desacreditar a aquéllos que abogan por la justicia y la igualdad.

La primera etapa del feminismo en España podríamos decir que se inició a mediados del siglo XIX y se extendió hasta los años treinta del siglo XX. Aunque la movilización a favor del voto, es decir, el sufragismo, haya sido uno de sus ejes más importantes, no puede equipararse sufragismo y feminismo. El feminismo tiene una base reivindicativa muy amplia que contempla el voto, pero también otras muchas tales como exigir demandas sociales como la eliminación de la discriminación civil para mujeres casadas o el acceso a la educación y trabajo remunerado. Añadiremos que durante el siglo XIX y principios del XX en España el movimiento feminista tuvo una menor envergadura que el resto de Europa.

Siempre estuvo más centrado en reivindicaciones de tipo social como la educación y el trabajo que en demandas de igualdad política. Nunca adoptó la violencia como acción directa, ni alcanzó un grado destacado de militancia, por lo que su resonancia fue bastante reducida, poco comprensible con la situación que vivía la mujer.

Durante aquel periodo la mujer estuvo dominada por la jerarquía del patriarcado, así aparecía en el Códigos Civil, Penal y de Comercio.

La mujer casada no disponía de autonomía personal o laboral, tampoco tenía independencia económica y ni siquiera era dueña de sus ingresos. Debía obedecer al marido, y necesitaba su autorización para desempeñar actividades económicas y comerciales.

El poder del marido sobre la mujer casada estaba reforzado además  con medidas penales que castigaban cualquier trasgresión de su autoridad, por ejemplo la desobediencia o el insulto eran suficientes para que la mujer fuera encarcelada. Por otro lado, el doble estándar de moral sexual permitía al hombre mantener relaciones extra-matrimoniales y se las prohibía a las mujeres de forma tan tajante que quedaba explícitamente manifestado en la legislación relativa al adulterio y a los crímenes pasionales. Si el homicidio lo ejecutaba un hombre la pena máxima era el destierro. Si por el contrario lo cometía la mujer las penas eran mucho más severas, incluso cadena perpetua al ser considerado parricidio.

Todavía a finales del siglo XIX, la subordinación de la mujer era justificada en la inferioridad genética, la función reproductora convertía a la mujer en ser pasivo, inferior e incompleto, o sea un mero complemento del ser inteligente, El Hombre.

Pese al retraso del movimiento Feminista español, diversas mujeres iniciaron la defensa sobre la igualdad femenina.

Dolors Monserdá, defendió los derechos de la mujer desde una perspectiva nacionalista catalana.

Teresa Claramunt, obrera textil y militante anarcosindicalista, reivindicó el papel de la mujer como transmisora de valores ideológicos a sus hijos, si estos valores eran igualitarios estaría poniendo las bases para una nueva sociedad.

María Echarri, concejal del Ayuntamiento de Madrid e inspectora de Trabajo, promovió algunas medidas de mejora laboral para la mujer obrera. Destaca la Ley Silla, por la cual los empresarios debían proporcionar una silla a todas las mujeres que trabajaran en la industria o comercio.

En 1918 en Madrid se crea la Asociación Nacional de Mujeres Españolas, formada por mujeres de clase media, maestras, escritoras, universitarias, nombres como María Espinosa, Clara Campoamor o victoria Kent planteaban ya la demanda del Sufragio Femenino. De esta asociación surgen múltiples agrupaciones entre ellas la Cruzada de Mujeres Españolas, dirigida por la periodista Carmen de Burgos que protagonizó la primera manifestación callejera pro sufragio en Madrid.

A partir de los años 20 el feminismo español empezó a añadir demandas políticas.

Pese a los esfuerzos de las primeras sufragistas, la concesión del derecho a voto de la mujer no puede ser atribuida a estos grupos. Si bien habían alcanzado cierta resonancia social, el sufragio femenino fue otorgado en otro marco en la legislación de la Segunda República Española, la coherencia política de los políticos que se proclamaban democráticos obligó a una revisión de las leyes discriminatorias y a la concesión del voto femenino.

El proceso fue complicado y paradójico porque la mayoría de las mujeres vivieron fuertemente influenciadas por la Iglesia Católica y fueron excesivamente conservadoras. Por eso motivo rechazaban la concesión del derecho a voto. Yo diría que no estaban preparadas, y esto beneficiaba a las fuerzas políticas más conservadoras.

Podemos marcar como inicio del segundo periodo la Constitución de 1931. Aquel texto supuso un enorme avance en la lucha por los derechos de la Mujer. No sólo concedió el sufragio a las mujeres sino que todo lo relacionado con la familia fue legislado desde una perspectiva de libertad e igualdad: matrimonio basado en la igualdad de los cónyuges, derecho de divorcio….

El régimen republicano estaba poniendo a España en el terreno legal a la altura de los países más evolucionados en lo referente a la igualdad entre hombres y mujeres.

Sin embrago, en este aspecto como en tantos otros, la Guerra Civil y la Dictadura dieron al traste con todo lo conseguido, y devolvieron a la mujer a una situación de dominación en el marco de una España franquista impregnada de valores tradicionales y reaccionarios. Fueron cuarenta años de involución.

Después de la muerte de Franco se inicia lo que podemos llamar tercer periodo. Las mujeres volvieron a adquirir derechos políticos, sexuales y de géneros. Las generaciones de las hijas que crecimos después de su muerte tuvimos vidas bien distintas a las de nuestras madres.

En la sociedad española actual la mujer ha cogido las riendas de su vida, ya no depende de un hombre, aunque aún quedan cosas que pulir para ser consideradas exactamente iguales.

Le doy gracias a aquellas mujeres que en tiempos difíciles lucharon por la igualdad, porque gracias a estas mujeres valientes que no se quedaron casa con la pata quebrada sirviendo los deseos a un hombre, que demostraron con hechos que la mujer no es un ser inferior ni superior, a las que dieron paso a lo que ahora somos.

Quiero que esto no sea una simple ponencia sobre el feminismo, quiero que también sea un homenaje a nuestras abuelas, a esas mujeres que vivieron la libertad, la dignidad, la igualdad y se la arrebataron, a nuestras madres que aun teniendo capacidades intelectuales iguales o superiores a cualquier hombre, tuvieron que dedicar sus vidas a ser amas de cría y criadas sin derecho a réplica, que vivieron en una dictadura donde se las ninguneaba y no podían hacer otra cosa porque les estaba prohibido y además porque era lo que se esperaba de ellas. Pedirlas perdón por no comprenderlas al querer que fuéramos como ellas, cuando la sociedad está cambiando tan deprisa que no pueden digerirlo.

A estas alturas y en una sociedad con mente abierta como corresponde a nuestra época, creo que no deberían ser necesarios los colectivos que defiendan un género u otro, no hay nada que ya no hayamos demostrado, somos iguales por lo que debemos tener los mismos derechos y oportunidades, ya que tenemos las mismas necesidades, no somos de especies diferentes.

Los hombres y las mujeres somos intelectualmente iguales y físicamente complementarios, por lo que pienso que no debería existir ningún tipo de desigualdad.

 

 

 

 

 

 

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