28 de abril de 2016 a las 20,30

El tercer presidente de los Estados Unidos, Thomas Jefferson, recibió la tarea de redactar la declaración de independencia. Corría el año 1776 y aún faltaban trece para la Revolución francesa. La introducción de aquel texto fundacional impresio-na por su respeto a la igualdad. Recojo un fragmento: “Sostenemos como eviden-tes en sí mismas estas verdades: que todos los hombres son creados iguales; que son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables; que entre éstos es-tán la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad.” La propuesta emociona. Lo que había sido prepotencia de los poderosos quedaba de un plumazo suprimida a favor del respeto y el entendimiento. Eran los cimientos de una nación. Turbación contenida. Nueva convivencia. Oportunidades para todos.
El presidente Thomas Jefferson fue uno de los hombres más ricos de Virgi-nia. Tuvo unos seiscientos esclavos. Los vendía para pagar su vida de lujos. Justifi-caba la esclavitud porque los negros, según él, no eran humanos del todo y nece-sitaban ayuda de los blancos para dirigir sus propias vidas.
El presidente Jefferson permitió y ordenó la violencia contra ellos, y consi-deró, en defensa de un país sin negros, que ambas razas no pueden vivir bajo un mismo gobierno.
Thomas Jefferson tenía como amante una esclava negra, Sally Hemings, que le dio seis hijos. Cuatro de ellos vivieron. El presidente los liberó.
Esa doble moral, que hoy nadie entendería, se aplica con absoluta impuni-dad y con el uso de una palabra, democracia, que llena la boca de los políticos para defender una cosa y la contraria.
Tiene hoy la voz tantos significados que cualquier político se sirve de ella para proteger su ideología, incluso para justificar sus desmanes.
¿Alguien sabe cuántos países del mundo aseguran regirse con principios democráticos? La mayor parte no son democracias, según sabemos, pero dicen serlo. Solo seis países no se refugian en la democracia y dicen claramente que no los son: Arabia Saudita, Brunéi, Fiyi, Emiratos Árabes Unidos y Omán.
Otras palabras comodín henchidas de significados positivos adornan los dis-cursos de los demócratas: progreso, libertad, igualdad, reparto social, ciudada-nía… Voces tan manidas que han perdido significado y sirven para el desarrollo de los más estrafalarios discursos demagógicos: halagos infundados en nombre de la libertad, promesas imposibles en nombre del progreso, verdades falsas, mentiras evidentes, instrumentos todos de una ambición política casi siempre al servicio de un solo individuo, pequeño dictador, que desde su puesto privilegiado desea pasar a la historia.
La democracia, lo sabemos, no es el mejor de los sistemas, sino el menos malo. Facilita la convivencia, pero está henchida de contrasentidos: ¿Por qué vo-tar una lista de candidatos y no a personas individuales? ¿Por qué el poder puede convertirse en casi absoluto durante cuatro años? ¿Por qué no hay manera de erradicar la corrupción o de suprimir cargos políticos innecesarios?
La democracia actual más antigua, la más estable, la que mejor ha protegido a sus ciudadanos, la más sólida y probablemente la menos tambaleante o pro-pensa a convulsiones, es la implantada por el presidente Thomas Jefferson, y re-sulta también la más criticada. Podríamos hacer una durísima burla de sus proce-dimientos, de sus miserias, de su desprecio por los humildes, del abandono abso-luto de principios tan elementales como la sanidad y la educación, y sin embargo sus ciudadanos se muestran, casi de manera unánime, propietarios del más eficaz de los sistemas políticos del mundo. ¡Qué paradoja!
PARTICIPAN (en orden alfabético):

José Luis Manchán, que pertenece a EL FARO CRÍTICO, grupo de Pensamiento y Acción Política. Ha colaborado en dos libros publicados por la editorial Amargord: uno de ellos llamado 15M: La Revolución como una de las Bellas Artes y Ensayos sobre el Poder. José Luis es articulista político y especialista en Redes. En la ac-tualidad colabora intensamente en una Candidatura de Unidad Popular, más co-nocidas, tras los acuerdos de última hora del gobierno de Cataluña, como CUP.

Antonio Moreno trabajó en la compañía de aviación Iberia como operario en la Terminal de Carga en los hangares de La Muñoza, y luego en Pista, carga y des-carga de equipajes y mercancías. De ahí pasó a ocupar un puesto como auxiliar administrativo en facturación y embarque en las dos terminales de entonces, na-cional e internacional. Y su siguiente función fue la de Tripulante de cabina de pasajeros, puesto que ha desempeñado durante veintisiete años. Pasó más de dos años haciendo carreras de orientación y después de prejubilarse por ERE en una edad dorada, se ha unido como tenor al Coro de la Biblioteca Nacional.

Manuel Sánchez Navarro nació en Velilla de San Antonio en 1956. Se afilió a la CNT con apenas diecinueve años y más tarde a UGT, y en 1983 al PSOE. Cuatro años más tarde fue elegido Alcalde de Velilla de San Antonio. Desempeñó el cargo hasta 2003, año en que lo abandona voluntariamente porque considera que no debe perpetuarse. Es un gran lector de ensayos. Tal vez en ellos se inspira para desarrollar una amplia capacidad dialogante y crítica, que expresa con amplia ha-bilidad oratoria de formación autodidacta. Donde dice encontrar mejor terapia relajante es en el campo.

 

Logros y Lacras de la Democracia

Antonio Moreno Nieto

Para saber en realidad los logros y las lacras de la democracia, hay que tener algo con lo que comparar. En España lo tenemos fácil: venimos de una dictadura cuyos efectos, aun ya bastante débiles, siguen formando parte de nuestra vida cotidiana.

Las leyes promulgadas con el advenimiento de la dictadura, fueron en su mayoría muy retrógradas y restrictivas con las libertades que ahora damos por sentadas; es más, hubo casos en que, al derogar leyes promulgadas en la República, se volvió a dar legitimidad a leyes de 1889.

Especial importancia tiene la represión y la subordinación de la mujer en todos los aspectos, sociales, laborales y familiares.

La democracia, culpable según muchos de las lacras de nuestra sociedad, no tiene otras distintas ni en mayor cantidad que los regímenes autoritarios, pero la gente de la calle siempre solemos pensar que la corrupción actual, por poner un ejemplo,  es la mayor que ha habido nunca.

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