Los romanos llamaban afortunado (fortunatus) a quienes la suerte protegía, y beatus al rico. Feliz era el beneficiado por la fecundidad. Esa misma raíz sirve para fémina, felare (amamantar), felación, fecundo, fecundidad y filium (hijo).

Sostienen hoy los biólogos que el mundo mental y emocional está regido por mecanismos bioquímicos. Dicen saber que la felicidad no está determinada ni por el trabajo que conseguimos, ni por el salario que recibimos, ni por la gente que frecuentamos, ni por las libertades que disfrutamos, sino por un complejo sistema de nervios, neuronas y sustancias bioquímicas como la oxitocina, serotonina y dopamina. Varias hormonas recorren el torrente sanguíneo y la tormenta de señales eléctricas que destellan en diferentes partes del cerebro son las encargadas de proporcionar felicidad.

Esa tormenta de señales facilitan el bienestar, el  goce en la comida y el  deleite en la acción para perpetuar las especies. Los machos sanos y fuertes que diseminan sus genes al fecundar a hembras jóvenes y fértiles lo hacen en busca de placer, no de descendencia. Si la alimentación o el sexo no estuvieran acompañados de satisfacciones, a los machos sanos y fuertes, y también a los otros, les traería al fresco comer o reproducirse. Y desaparecerían especies. Eso le está sucediendo al oso panda que no come más hoja que la del bambú, y solo de tarde en tarde, cada vez menos, goza en sus encuentros con las hembras.

Ahora que se comprende la química del cerebro y se desarrollan tratamientos podemos construir un mundo mucho más feliz en el que nadie sienta envidia ni otras alteraciones distintas a una aceptación incondicional de los recursos.

La fluoxetina, la sertalina, la venlafaxina o la duloxetina elevan los niveles de serotonina y otorgan bienestar. Habría que darles un surtido a esos políticos bulliciosos para que repartan bondad con sus palabras.  La gente feliz tiene equilibrio neuronal, la irritada es incapaz de apreciar los regalos que el mundo pone a sus pies. Si diéramos la correcta dosis a los hombres y mujeres del planeta dejaríamos de estar amenazados por guerras, atentados, terror y otras miserias. Y acabaríamos con esa plaga de desequilibrados tan empeñados en fastidiar a los pacíficos. Será una tontería, pero agrada pensar que existe esa posibilidad.

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