Presentación

Conocemos a gente que, protegida en sus rentas, en el nido familiar, en las ayudas públicas, o en no sé qué triquiñuelas, decide vivir sin trabajar porque si trabajan no viven, y si viven, no les da tiempo a trabajar.

Se dice que los trabajos vocacionales liberan a las personas, pero en general la obligación de someterse a un horario es una condena a la que pocos escapan, y que de la misma manera clasifica al empleado porque, contrariamente a lo que cabría esperar de una sociedad justa, los salarios más altos triplican, cuadruplican y multiplican a los bajos, como si los de arriba fueran diez veces más capaces que los de abajo.  Una infamia más que los partidos políticos no contemplan porque los cargos por elección democrática están en la parte alta de la pirámide, y no van a tirar piedras contra su tejado.

Uno de los puestos más atractivos de quienes acceden a la vida laboral es el funcionariado. En ellos se cobijan unos cuatro millones de españoles. Ponerse al servicio de la administración, generalmente mediante una selección arbitraria, es un premio comparable a la lotería. Con actividad moderada, ingresos garantizados, despidos inexistentes, vacaciones generosas, chanchullos varios, moscosos, canosos y otras gangas, el funcionario siente su estatus privilegiado. Y como los partidos políticos se reservan el nombramiento de los altos cargos, ha engordado el cuerpo funcionarial de manera tan monstruosa que hay quien lo considera un insulto al resto de contribuyentes.

Otro cobijo muy cercano lo tiene el protegido rural. El estado o el correspondiente gobierno autonómico le concede un sueldecillo que le permite sobrevivir contemplando cómo pasan los días y cómo crecen las plantas, y de cuando en cuando, y con esto frivolizo un poco, un chato en el bar y una siestecilla campestre.

El siguiente albergue es la familia. Una pareja acomodada con un trabajo medio garantiza a vida el mantenimiento de al menos uno de sus vástagos, a quien llamamos nini. Y estos, impulsados por una ley natural, se tiran al buen vivir y pronto se acomodan a ser parcos en necesidades y proclives a gozar del placer de los días pegaditos a tantas cuantas subvenciones proponga el estado.

Y todavía hay quien reduce a cero las necesidades y sencillamente se deja llevar con lo que hay, y, en caso necesario, se coloca de mendigo y no por ello se siente más desgraciado que el super-ladrón de guante blanco que  guarda millones en Andorra o en Suiza.

Y frente a esa población que pulula entre lo que hago y lo que no, aparece el tejido empresarial. Un diez por ciento, unas cuatro mil empresas, son grandes compañías.  El noventa por ciento restante, el super-motor de la nación, lo arrancan cada mañana las pequeñas y medianas empresas, que son más de un millón con asalariados, y casi otros dos millones más de autónomos sin trabajadores a su cargo. Y todo el mundo sabe que los autónomos son los que menos veces en su vida caen enfermos.

No quiero acribillar el oído de quienes me escuchan, pero sí diré que estos tres millones de españoles son los responsables del bienestar de ellos mismos, de los funcionarios, de los parados, de los jubilados, de los que no quieren trabajar y de tantos cuantos pisan el suelo nacional.

Hagamos otras cuentas. El sector improductivo pero asalariado lo forman los empleados públicos, más los pensionistas, más los parados, es decir, unos 18 millones de españoles. Los ocupados en el sector privado son unos 14 millones sin entrar en menudencias estadísticas. De la responsabilidad de estos últimos depende la nación, y diré sin tapujos que son los que mantienen, de una u otra manera, a los españoles. El peso del país descansa sobre el 30% de la población. Es decir, cada tres españoles trabajadores productivos lo hacen para sí mismos y para otros siete. O dicho de otra manera, el peso de cada diez españoles recae en tres.

Está muy claro. El bienestar de la nación lo propician los emprendedores, y muy especialmente las pequeñas y medianas empresas, que son las que facilitan el crecimiento y la creación del empleo necesario para relanzar la economía.  Me pregunto por qué el estado no somete a los funcionarios a las mismas exigencias laborales de la pequeña y mediana empresa, tanto en horas de trabajo y vacaciones como en remuneración, y pone igualmente los medios para facilitar la misma protección sindical y laboral a unos y a otros.

 

¿Qué lleva a empreder, cómo puede hacerse y qué cabe esperar de la experiencia?

Luis Alberto Díaz

No es sencillo encontrar una empresa que se adapte como anillo al dedo a cada uno. No es fácil encontrar nuestra empresa “media naranja”, de modo que a veces nos cargamos de razones para no estar a gusto donde estamos hasta que esas razones alcanzan el peso suficiente como para impulsarnos a tomar una decisión.
El miedo es uno de las factores inhibidores fundamentales del emprendimiento, y en nuestro país a veces hasta se potencia. Todos tenemos el potencial, ahora bien, quizá nos es difícil encontrarlo o dejar que salga de nosotros mismos. No es tan importante en qué emprender sino la actitud positiva que tengamos en ello.
Quizá dinero y ser dueño de nuestro propio destino sea lo que más se espera de la experiencia emprendedora, ahora bien, ¿y qué acerca de fomentar nuestro instinto de supervivencia y hacernos más ágiles, despiertos y proactivos? ¿y qué acerca de eliminar esas excusas que nos ponemos a nosotros mismos en el trabajo por cuenta ajena? ¿jefes, objetivos divergentes o sensación de mala organización?”

 

 

 

 

 

 

 

 

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